Belt Ibérica S.A. Analistas de Prevención

- Menú -

HOME

Noticias...
Se busca...
Eventos...
Legislación...
Bibliografía...
Artículos...

> MAPA del WEB <

Su opinión...

Envíenos la noticia o el comentario que desee.

 

Artículos Profesionales


Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio.

Dame veneno

La Razón


Emperadores, conquistadores, Papas, filósofos, políticos y disidentes han sucumbido emponzoñados a lo largo de la historia.

El opositor ucraniano Viktor Yuschenko lo puede contar. Pero otros no han tenido tanta suerte. El veneno ha terminado con la vida de pontífices, reyes, emperadores, filósofos y disidentes; ha liquidado matrimonios con la misma facilidad que dinastías y, sobre todo, ha sazonado todo tipo de intrigas.

«Tomé el tazón entre mis trémulas manos y miré por un momento las negras caras de mis jueces, pero no mostraban el menor asomo de compasión; un silencio mortal prevalecía en el lúgubre santuario de cráneos; todos los ojos se fijaban intensamente en mí, y al ver que no había posibilidad de escape, ofrecí en silencio una plegaria al Trono de la Misericordia –el Dios de los cristianos– y con presteza me tragué el fetiche, arrojando el cáliz de veneno al suelo». En 1827, el explorador Richard Lander, acusado de espía por los traficantes de esclavos de Badagri (en la actual Nigeria), tuvo más suerte que Sócrates, que 23 siglos antes aunque por distintos motivos también fue obligado a echar un trago de veneno en su Atenas natal. El explorador británico del Níger vomitó la mezcla de corteza mortal, a espaldas de los indígenas, y se ganó su admiración, salvando así la vida, tal y como relata el historiador Sanche de Gramont en «El Dios indómito». Por contra, al célebre filósofo la cicuta le costó conocer a Caronte, el barquero de los Infiernos. Pero a lo largo de los siglos, no todos los que sucumbieron a los letales efectos de la ponzoña o escaparon de sus garras han sido conscientes de que la muerte se sentaba a su mesa. Tutankhamon, los papas Alejandro VI y Clemente VII, Séneca, el emperador Claudio... Ninguno de ellos podría haber entonado, en esa postrera e inesperada cita con la parca, la popular canción de Los Chunguitos: «Dame veneno que quiero morir...». Siglos de sospechas.

La lista de damnificados es casi tan prolija como la nómina de aquellos sobre cuya desaparición ha sobrevolado el fantasma del envenenamiento, entre ellos Napoleón, Alejandro Magno, Mozart, José Fernando de Baviera, el emperador Septimio Severo, Luis Ponce de León y, recientemente, el mismísimo Arafat. A veces, los interrogantes –como en el caso del opositor ucraniano Víctor Yuschenko– devienen en evidencias. Pero en muchísimas otras ocasiones, las sospechas se silencian por el paso de los siglos. El recetario es de lo más variado. Cianuro, mercurio, cicuta, setas, dioxinas, polvo de diamantes, arsénico (sin compasión), estricnina, «cantarella», belladona, ricinina, orín, talcos radioactivos... Todas estas sustancias, y algunas más, se han utilizado para poner fin a la vida de emperadores que parecían invencibles, todopoderosos pontífices, filósofos, disidentes, políticos, maridos y mujeres amortizados, amantes esquivos y ejércitos enteros. Pocos han sido los que han conseguido salir indemnes de su cita con el veneno, al que también han recurrido otros para anticipar su tránsito (desde la enigmática Cleopatra hasta los nazis Göring y Himmler, la amante de Hitler Eva Braun y el parapléjico Ramón Sampedro, ahora de actualidad a raíz del éxito cosechado por «Mar adentro»). La historia ha encumbrado a expertos envenenadores entre quienes los Borgia y sus anillos-cápsula ocupan por derecho un lugar preeminente en una lista en la que también figuran servicios secretos como el NKVD de Lavrenti Beria o el Mossad israelí; Agripina, madre de Nerón; la romana Locusta, toda una profesional de los brebajes; la princesa persa Parisatis o la marquesa de Brinvilliers. El envenenamiento del líder ucraniano Víctor Yuschenko es, pues, el penúltimo eslabón de una larguísima cadena de envenenamientos que se remonta a la Antigüedad. Pero sólo el penúltimo. El pasado viernes, la Policía indonesia confirmó que una sopa de pollo que iba a consumir el vicepresidente del país, Yusuf Kalla, estaba sazonada con arsénico, una sustancia que, unos meses antes, terminó con la vida de un conocido defensor de los derechos humanos mientras volaba desde Yakarta a Amsterdam. Item más. Ya en nuestro país, una mujer ingresó en prisión el pasado jueves acusada de intentar envenenar a su madre, viuda de 78 años, en Bilbao. La empleada de hogar dio la voz de alarma. Las bolas de mercurio que escondía el bollo del desayuno de la anciana no tenían pinta de aderezo culinario. Y eso que en España, apenas 25 de cada 1.000 homicidios se cometen cada año por envenenamiento, según asegura José Cabrera, médico experto en Toxicología. «Hasta la figura del envenenamiento se ha retirado de los agravantes que incluye el Código Penal», recuerda Cabrera, que añade que en estos crímenes «se utilizan en el 90% de los casos raticidas herbicidas e insecticidas que cualquiera puede comprar en el Carrefour». «Fue un recurso muy utilizado hasta principios del siglo XIX, cuando se descubre el método de identificación del arsénico en los cadáveres. Hasta entonces, esta sustancia tóxica no dejaba rastro y los asesinatos solían quedar impunes», concluye. Fuera de nuestras fronteras, el envenenamiento que ha adquirido más notoriedad en los últimos meses ha sido, sin duda, el de Yuschenko. El candidato a la presidencia de Ucrania se sentó a cenar en septiembre pasado con los servicios secretos de su país (depositarios de la mejor tradición del antiguo KGB soviético) y se despidió de sus comensales con una cantidad de dioxinas en su organismo 1.000 veces superior a la normal. Alguien metió la mano en el puchero, al igual que, dos meses después, otra nada inocente se encargó de voltear el resultado electoral para impedir su triunfo en las urnas. Pero al menos está vivo para contarlo, aunque sea a costa de haber mudado su rostro de galán, ahora amorcillado por pústulas y granos repulsivos. Parisatis, amor de madre.

Otros no tuvieron tanta suerte. Dos años antes de que Sócrates falleciese en Atenas, en el 399 A.C., obligado por sus paisanos a beber la cicuta por corromper a la juventud ateniense, moría en la batalla de Cunaxa Ciro el joven, que disputaba el cetro de los persas a su hermano Artajerjes II. Su desaparición desató el furor envenenador de su madre, la princesa Parisatis, que no dudó en administrar ponzoña a todo aquel sospechoso de participar en la muerte de Ciro. Su técnica era depurada: untaba de veneno uno de los dos lados de la hoja de un cuchillo. Para dar confianza a sus víctimas, ella misma comía cuando cortaba las viandas por el lado apropiado. Su nuera Estatira, esposa de Artajerjes, sucumbió en un banquete a tan refinada artimaña. Las sombras de un envenenamiento también acechan la muerte, a los 32 años, de Alejandro Magno. Plutarco abrió la espita al acusar a su tutor, Aristóteles, de suministrarle arsénico, una tesis a la que también se apuntó el filósofo griego Arriano. Otras imputaciones son mucho más recientes. El británico Graham Phillips señala con el dedo a su esposa, la princesa Roxana de Bactria. En su obra «Alejandro Magno: asesinato en Babilonia», Phillips mantiene que los escarceos extramatrimoniales del conquistador agotaron la paciencia de Roxana, que utilizó la planta de la estricnina para deshacerse de su marido, que falleció después de dos semanas de fiebres y fortísimos dolores estomacales. Diez siglos antes, el faraón por excelencia, Tutankhamon, había muerto con sólo 18 años. Su fallecimiento pilló a los egipcios por sorpresa. Ni siquiera su tumba real estaba terminada. Su enterramiento fue descubierto por Howard Carter en 1922 y los exámenes forenses abonaron la hipótesis de un asesinato y de un posible envenenamiento, un enigma que también acompaña la desaparición de su padre, Akenaton. No ocurre lo mismo con Cleopatra, que 30 años antes de nuestra era buscó la picadura de un áspid para seguir los pasos de su querido Marco Antonio, que comprobó en vida como el veneno fulminó a sus tropas en la guerra de Esparta. Al igual que los egipcios y los griegos, los romanos también se ejercitaron en el arte del envenenamiento. Uno de los más conocidos fue el que terminó con la vida de Claudio. Su mujer, Agripina, quería que su hijo Nerón heredase el trono, pero el emperador prefería a Británico, pese a ser apenas un adolescente. No saber interpretar los deseos de su mujer le costó la vida. Agripina, con la ayuda de una profesional de las marmitas, Locusta, que ya contaba con un largo historial de envenenamientos a sus espaldas, sazonó convenientemente un plato de setas, el preferido del César, al que una oportunísima diarrea salvó, en un primer momento, de cumplir con su destino fatal. Pero el médico Jenofonte, reclamado por Agripina, acudió presto al descabello, que en vez de puntilla fue pluma, la que se utilizaba habitualmente para, rozando la campanilla, provocar el vómito. La pluma también llevaba su ración de ponzoña, ésta definitiva, y Claudio engordó así la nómina de ilustres envenenados, a la que se sumaría nueve años después Séneca, obligado por Nerón a suicidarse tras perder la confianza en él por una conspiración (parece que por aquel entonces el despido libre no se estilaba). Séneca captó el mensaje. Se cortó las venas y, para aligerar el proceso, bebió la cicuta. Borgia, la Comunidad del Anillo.

Al margen de las intrigas papales de la Edad Media, fueron los Borgia –bautizados por el escritor Mario Puzzo, autor de la saga de «El Padrino», como «la primera gran familia del crimen»– quienes en el Renacimiento convirtieron el veneno en una forma de hacer política más efectiva que cualquier oratoria. Rodrigo Borgia, que accedió al papado con el nombre de Alejandro VI, sucumbió a sus propias recetas en 1503, cuando bebió por error la pócima destinada a apiolar al cardenal Corneto. No es de extrañar que Maquiavelo se fijara en su hijo César Borgia como modelo de «El Príncipe». Los anillos-cápsula de la familia de Lucrecia Borgia hicieron que muchos se lo pensaran dos veces antes de probar el vino con el que esta peculiar Comunidad del Anillo obsequiaba a sus comensales. También en el siglo XVI, muy lejos de Italia, en la Nueva España incorporada a la Corona española por Hernán Cortes, el conquistador de Medellín también tuvo que enfrentar en la Corte acusaciones de envenenamiento. Luis Ponce de León había llegado a las costas mexicanas en julio de 1526 para enjuiciar el Gobierno de Cortés, pero unos días después muere sorpresivamente. Los médicos certificaron que falleció de modorra por una pestilencia que se propagó en el barco que le trajo a México, pero los rumores de envenenamiento acosaron a Cortés hasta su muerte. El sucesor de Ponce de León, Marcos de Aguilar, también murió un año después, y no faltó quien acusara a Hernán Cortés de enviarle un torrezno empozoñado que no llegó a probar. El siglo XVI es pródigo en filtros tóxicos. Otro papa, Clemente VII, falleció en 1532 después de que sus médicos le recetasen 14 cucharadas de polvo de diamante y a Catalina de Médicis se le acusó de pasaportar al más allá a su cuñado, delfín de Francisco I, y a Juana de Navarra, madre de Enrique IV, futuro rey de Francia, con unos guantes espolvoreados de veneno. Enrique IV era su yerno, pues se casó con su hija Margarita (con el tiempo la Reina Margot), pero eso no le impidió empozoñarle un libro de cetrería que, sin embargo, no leyó él, sino Carlos (otro de los hijos de Catalina), que murió días después. Ya en el XVII, la marquesa de Brinvilliers descolló como envenenadora sin freno. Empezó por su padre, después de probar los efectos de sus brebajes en unos cuantos criados. Era su particular manera de demostrarle su disgusto por haber mandado a la cárcel a su amante. Su «carrera» continuó en los hospitales, donde disfrutaba envenenado enfermos, algunos de ellos niños, y remató la faena terminando con la vida de sus dos hermanos y su hija. A finales de siglo, la muerte prematura de Fernando de Baviera en 1699 vino acompañada de las habladurías que atribuían la muerte por envenenamiento al Rey Sol para garantizar así que el trono español recayese en manos de los Borbones y no de la Casa de Habsburgo. Otro de los enigmas de la historia sigue siendo la muerte de Napoleón en 1821. Atribuida comunmente a un cáncer de estomago, el estudio del ADN de sus cabellos reveló hace unos años la presencia de arsénico, que hace sospechar que fue envenenado durante sus últimos años de vida en la isla de Santa Elena. Su muerte, como la de Mozart (tras la desaparición del genio a los 35 años resultaba casi inevitable acusar a Salieri de envenenarlo), sigue cubierta por una patina de misterio. Menos sombras presenta el final de Rasputín, azote del zar Nicolás II, a quien el príncipe Yusupov y sus compinches dieron matarile a tiros después de envenenarlo sin éxito en una cena. Y es que Rasputín comió demasiados pastelillos con azúcar, que neutraliza el arsénico, y obligó a sus anfitriones a desenfundar para hacer buena la predicción de su asesinato, que él mismo anticipó al zar unos días antes por carta. El «Profesor Veneno» de Stalin.

Los herederos del Imperio de los zares tampoco se quedaron cortos en el oficio de la marmita. Los servicios secretos de la antigua Unión Soviética, el NKVD de Beria, eliminaron sistemáticamente a significativos líderes ucranianos a los que Grigori Mayranovski, el «Profesor Veneno», administró con eficacia sus mortales filtros. La KGB recogió el testigo, echando mano de paraguas envenenados y cartas perfumadas con ponzoña para matar a disidentes ucranianos, búlgaros y terroristas chechenos. A otros servicios secretos pródigos en estas lides, el israelí Mossad, achacan hoy la mayoría de los palestinos la muerte de Yasser Arafat por envenenamiento. Con semejantes antecedentes, no es de extrañar que hasta el mismísimo Saddam Hussein ordenara revisar minuciosamente, antes de ser derrocado, hasta el tinte con el que se teñía el bigote. Por si acaso. De galán a villano. Las dioxinas han desfigurado en pocos meses el rostro de Viktor Yuschenko.

Fuente: La Razón
Fecha: 19/12/2004

© BELT.ES  Copyright. Belt Ibérica, S.A. Madrid - 2004. belt@belt.es